Para empezar os diré que me fascina la gente. Cada persona guarda una historia que, por muchas palabras, imágenes o momentos que se puedan compartir, nunca se podrá vivenciar de la misma manera.
Para nosotros, los “ayudadores” de profesión, es muy fácil caer en la trampa de creernos más evolucionados, más aptos, concientes o observadores, en definitiva, más entrenados en el arte de vivir. En el Coaching sustituimos ayudar por acompañar: nosotros acompañamos al cliente en su proceso de crecimiento desde nuestra posición de Coach – y no de maestro, diagnosticador ni padre- devolviendo siempre la responsabilidad del proceso y del cambio al cliente, que es el protagonista de todo.
Pero para hacer el paso de la teoría a la práctica hace falta tiempo, conciencia y experiencias que vayan estableciendo nuevos patrones, posiciones y roles. Debemos recordar qué hacemos y como lo hacemos día a día y mantenernos alerta para no caer en antiguos roles ayudadores que quieran reconquistar nuestra manera de trabajar y vivir.
Somos tan humanos como cualquier otra persona, tan orugas o más que nuestros clientes. Quizá precisamente aquí reside el secreto que nos hará capaces de acompañar -y no ayudar- a los que quieran ser mariposas.
Por eso disfruto tanto de estos momentos en los que conozco grandes personas que no saben de Coaching, crecimiento personal o conciencia y simplemente viven tomando la responsabilidad de su camino. Y me reencuentro con la idea de que el arte de Vivir es la base del coaching y no al revés.
Llegados a este punto, me pregunto qué papel juega el Coaching en las vidas de quien lo vamos a buscar. Y me viene a la mente el mundo amarillo de Albert Espinosa, el libro en el que describe a los amarillos, estas personas que nos encontramos por el camino de la vida y que nos enseñan, nos aportan y nos regalan experiencias que cambiarán el curso de nuestra história, precisamente hacia donde debía ir. Para mí, la mágia de los amarillos es que el aprendizaje que nos regalan proviene directamente de su experiencia, su simple existencia en nuestro muendo nos invita a crecer. Sin mandatos, consejos ni recomendaciones. Puro aprendizaje vicario – ellos son así y nosotros observamos en lo que son, lo que queremos ser-.
Los amarillos pueden -y suelen- ser muy distintos a nosotros, de hecho, cuanto más distintos son, más aprendemos de ellos y de nosotros mismo. Cada persona es un espejo en el que nos vemos reflejados, pero el espejo de los amarillos nos atrae sin saber muy bien porqué, quizá porque vemos en él una imagen de nosotros mismos que nos gustaría ver más amenudo. Y la gracia de los amarillos es esta, que no corren a validarnos ni a criticarnos, simplemente nos devuelven la imagen de lo que nosotros proyectamos desde su mundo amarillo.
Es curioso como en las películas infantiles siempre aparece un personaje que toma este rol justo cuando el protagonista parecía perdido: Mary Poppins, Baloo, Timon y Pumba, Maria, …
Todos hemos tenido esta experiencia, qué personas en nuestro camino han tenido o tienen este efecto en nosotros? Algun profesor? Un amigo? Alguna persona con la que (solo) hemos compartido un viaje en ascensor?
Cuando dos amarillos se nutren mutuamente, se encuentran dos mundos distintos que interaccionan en una explosión de aprendizajes y crecimiento. La película de Intocable nos lo muestra con sensibilidad, humor y cotidianedad, tres grandes perlas de la Vida y el Coaching.
Puestos a relativizar, hoy relativizo la conciencia porque incluso aquello que consideramos más imprescindible puede resultar ser un complemento en ocasiones. Además, siempre hay una parte de nosotros despierta, aprendiendo y registrando cada experiencia mientras vivimos, fluimos, disfrutando, sufriendo, durmiendo…Después de todo, sólo la vida misma marca el ritmo de nuestra metamorfosis.
